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REVOLOTEO EN LA COLINA

Una vez existió un bosque de oyamel en las montañas, las altas copas se extendían con frondosas ramas y las hojas, finas como agujas, oscilaban envueltas por el amanecer. Listones de luz se abrían paso en el follaje y relucían en las anaranjadas alas de mariposas que revoloteaban en la arboleda. Habían despertado de su largo sueño y descendieron por la colina atraídas por el aroma en la corriente. El ulular del viento zigzagueaba entre los arboles hasta alcanzar un prado en el valle, con suaves oleadas acariciaba la hierba moteada por flores rojas de coronas amarillas. En ese lugar las mariposas llegaron planeando desde la cima, se posaron en las flores, Asclepias Curassavicas, y comieron de ellas. La brisa separaba las sedosas fibras de sus frutos y flotaban con semillas en el cielo.

Ahora en ese mismo lugar, los árboles petrificados liberan el turbio calor en su corteza, el sol arde en los retorcidos troncos que aún quedan de pie junto a los restos de ramas apiladas en el yermo…

Tres hombres bajaban de la montaña al atardecer, seguían la brecha que serpentea el bosque de piedra. El cristal de sus lentes protectores reflejaba la incandescencia de los ojos y largas túnicas bloqueaban la radiación solar. Sus rostros enrojecidos tenían la piel descarapelada, empapados de un sudor que no cesaba de gotear y que exhalaba un leve siseo al tocar el suelo, con pesados pasos se dirigían a la bóveda de cristal polarizado donde alcanzaban a ver las luces de un pueblo en el valle.

Uno de los hombres se detuvo en lo alto de una roca, miró caer el sol al otro lado de la sierra y minutos después un resplandor delineó la escarpada silueta.

— ¡Hey date prisa!— dijo el de adelante y esperó junto al otro.

El hombre tropezó al bajar y cayó de bruces en los troncos, sus compañeros se apresuraron a ayudarle pero a la mitad del camino una pequeña llama anaranjada, como el azafrán, obstruyó el paso. El brillo flotó frente a ellos y murmuraba una melodía; intentaron acercarse cuando comenzó a agitarse y estalló en un fuerte torbellino, levantó una densa pared de tierra y los atrapó, fueron acorralados por un sigiloso revoloteo y confundidos intentaron huir de la fuerza que los arrastraba, entonces quedaron paralizados al escuchar un bramido a su alrededor. Los ruidos cedieron y solo quedó el susurro de los granitos de arena en el torrente. Un chiflido espontáneo penetró sus oídos y se disolvió en una onda grave. Una criatura los observó desde las paredes del remolino, su cuerpo emanaba una bruma azafranada y lanzaba centellas que tronaban al golpear el suelo. La criatura se arrojó contra ellos y dispersó el torbellino con sus alas. El hombre que había caído escuchó los gritos de sus compañeros y después de que la tormenta se desvaneció, habían desaparecido.

Cap. 1 / 7

 

Exploración de un Planeta Solitario

 

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