Avanzamos en la penumbra de los túneles, las antorchas revelan suaves contornos en nuestras armaduras y en la marcha iluminamos el camino, una serpiente luminosa en estos amplios pasillos cavados dentro la montaña.

Habitantes del pueblo pidieron nuestro auxilio y un primer grupo atendió el llamado. Pasaron semanas sin saber de ellos así que ahora regresamos en mayor número a terminar la encomienda.

Supimos de los pobladores que meses atrás los mineros descubrieron una bóveda de cobre en el corazón de la montaña, donde demonios eran prisioneros. En un principio los mineros los confundieron figuras petrificadas pero al sentir la presencia humana las efigies despertaron, alzaron sus cuerpos altos y robustos de centellantes miradas en tétricos rostros, con enmarañadas melenas negras y cornamentas arqueadas. Las efigies observaron a los mineros y ellos huyeron aterrados, de pronto en su escape quedaron paralizados al oír la oleada de berridos que surgieron de las profundidades. Los hombres que habían logrado escapar sellaron el respiradero de la mina y oyeron los gritos del interior callar de una vez.

Seguimos la oración en latín de una voz provenir en los túneles, como íbamos acercándonos el resplandor originado por fuego se hizo más intenso. Descubrimos a un monje arrodillado frente a una cruz, en ella estaba crucificado uno de nuestros hombres que ardía en llamas, aunque su armadura y cuerpo se carbonizaron, levantó la cabeza de su hombro para mirarnos, desenvainamos las espadas en ese instante.

—¡Santos retrocedan!—dijo el monje con una voz rasposa, se levantó—¡Este es mi reino!—

El monje arremetió contra nosotros con espada en mano y pasos torpes, todos le habríamos camino, esquivamos sus ataques lentos y vagos mientras nos maldecía. Ninguno se atrevía a combatirlo estaba loco pero era un hombre de Dios, uno de nosotros enviado en el primer grupo a preservar la fe en la expedición. Dí un paso lateral cuando se abalanzó contra mi, el peso de la espada lo hizo tambalearse y con la punta se apoyó para no caer, apenas se repuso y giro el rostro hacia nosotros, levantó alto el filo y de un solo movimiento le amputé los brazos con el canto de mi espada, chilló retorciendose en el suelo y en seguida le incruste la punta en el pecho, y a mi complacencia torcí la hoja lado a lado hasta reventar sus huesos.

Limpié la sangre de mi rostro ante las miradas de mis compañeros, me abrí paso entre ellos y seguí el descenso a la bóveda de cobre.

http://www.megustaescribir.com/obra/57924/moradores-en-las-cavernas

MORADORES CAVERNAS

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