Capítulo 2

EXPLORACIÓN DE UN PLANETA SOLITARIO

 

A la orilla del lago una joven pestañeaba arrullada con el rumor del oleaje, descansaba debajo de un árbol rodeado de tulipanes, y recostada en su largo cabello negro escuchaba las hojas sonajear con el viento, respiró el fresco aroma del bosque mientras sentía el juego de sombras en el rostro y suspiró al cerrar los ojos.
Sintió flotar su cuerpo en la oscuridad y sin desearlo empezó a descender hasta apoyar los pies en el suelo. No podía ver más allá de sus pasos y nada que la guiara. Un radiante punto apareció desde la profundidad del espacio y dejaba una estela turquesa al avanzar. La luz se detuvo frente a sus ojos y aleteó unos momentos junto a ella, la joven le ofreció la mano y el brillo revoloteó cuando aterrizó en la punta de sus dedos.
—Maanen ¿Puedes venir?— dijo una mujer en un tono suave— ¿Maanen?
La joven despertó con un bostezo al estirar los brazos y aún modorra frotó sus párpados rasgados. El vago recuerdo del sueño regresó a ella y contempló la mano donde aquella luz se había sentado.
—Responde, sé que estás ahí. — dijo la mujer cuya voz provenía de una bocina.
—Ya te oí— dijo Maanen que examinaba sus dedos a la altura del rostro y a través de ellos, reconoció la estructura de cristal que separaba el cielo de la tierra.
—Bien, estamos en el laboratorio— finalizó la conversación.
Maanen se levantó perezosa de la hierba, volvió a estirarse de pies a cabeza y somnolienta caminó en el bosque bajo la protección del domo. Las aves volaron en el alto techo de vidrios hexagonales al escuchar sus pasos, una ardilla en el sendero comía su nuez sentada en la carcasa de una lámpara, y una pareja de zorros asomaron las orejas desde su madriguera.

Maanen vive en un complejo de edificios construidos en la cavidad de un cañón geográfico, rodeado por una muralla de barrancos que lo protegen de las tormentas del desierto y proveen la sombra necesaria para mantener el balance de la biósfera. Durante años una organización ha dedicado sus investigaciones a la restauración del planeta; Cibeles es uno de los pocos lugares con la tecnología para generar ecosistemas naturales. La serie de bóvedas de cristal que conforman la Biósfera Cibeles se extienden por el corredor del cañón y solo un pequeño número de operadores son los responsables de su funcionamiento.
Aegis, una mujer de apariencia serena, continuó sus labores en el laboratorio después de hablar con Maanen y se dispuso a leer la información en su tableta. El reporte describía el posible avistamiento de una especie y como la responsable de las exploraciones estudió la posición en el mapa. Dirigió sus gruesas pestañas al escritorio atraída por una risa espontánea, se trataba de Atis, uno de los directores a cargo de la biósfera, que estaba sentado frente los monitores del ordenador.
Desde hace unos días Atis obtuvo una nueva especie en la última exploración y pasó varias horas sin despegarse de la máquina. Analizaba las células del espécimen en el microscopio y estudiaba los archivos de animales extintos. La mayoría de la información estaba incompleta y requería navegar en los datos de seres desconocidos. Los archivos podían contener cualquier cosa desde fotografías, páginas de libros, objetos de excavaciones o solo unos escasos renglones. A pesar de sus conocimientos en Naturaleza Antigua, la biología se convirtió en algo parecido a la arqueología, donde solo el estudio de los restos materiales y textos son la forma de revelar el pasado del planeta. Sus lentes reflejaban los documentos que investigaba en los monitores, detuvo su búsqueda en un archivo y no muy seguro lo comparó con los anteriores.

Entonces con una breve y relajada risa se llenó de alivio y atrajo la atención de Aegis.
— ¿Lo encontraste?— dijo Aegis acercándose al escritorio.
Atis apoyó la cabeza en sus manos, se reclinó en el respaldo del asiento y dio la vuelta para encontrarse con su colega. Aegis abrazaba la tableta y debajo del flequillo estaba su reflexiva mirada.
Maanen tarareaba saltando sobre sus pasos cuando entró al laboratorio y quedó congelada en su andar al encontrarse con ellos.
—Maanen, acércate a ver esto— reaccionó Atis y volteó a los monitores.
— ¿Qué fue eso?— preguntó Maanen.
— ¿De qué hablas?— dijo Aegis con la tranquilidad que la distingue, acercó una silla a lado de Atis y esperó a que Maanen tomara asiento.
— ¡Eso! ¿Por qué se miraban con esas caras?— Maanen imitó los gestos que descubrió en ellos—Como bobos en el espejo.
—Atis logró identificar la especie que encontraste en el territorio del norte— dijo Aegis que se esforzó para mantener la calma ante las caras burlonas de la joven y regresó a su tableta para distraerse del asunto.
—Cierto, así que deja de jugar y ven aquí— dijo Atis y dio unas palmadas en la almohadilla del asiento.
Maanen encogió los párpados, avanzó con la mirada fija en los dos adultos y se sentó como si algo fuera a sorprenderle. Mientras la jovencita observaba las muestras en las pantallas, Atis contempló el vivo color verde de sus ojos rodeados por un azul profundo, le recordaban la imagen de una isla en medio del mar, una fotografía que alguna vez pudo ver en los viejos archivos del planeta extinto.
— ¿Qué es?— preguntó Maanen.
—Son las células de un pez— respondió Atis.
—Ya sé lo que son…— volteó irritada — ¿Pero qué especie es?
—Es un Exocoetide— señaló unas imágenes en la computadora —Mira sus aletas, son más largas que la de otros peces.
— ¡Oh!— dijo luego de observar la imagen —Parecen alas.
— ¿Alas?— soltó una breve carcajada— No lo creo.
—Sí, para volar como las aves— dijo con un brillo en sus ojos verdiazules—¿Podré verlo pronto?
—Tendrás que esperar. Esta especie necesita mucho espacio para sobrevivir y ninguno de los estanques es apropiado, además tenemos que purificar toneladas de agua.
—Enviaré la solicitud para criarlos en la biósfera del océano— dijo Aegis y apuntó en su agenda —Ahí será un lugar apropiado.
—Pero eso puede tardar meses— Maanen se recostó en el escritorio sobre sus brazos—Nunca los puedo ver cuando yo quiero.
—Hablando del océano ¿Disfrutaste las playas del golfo?— preguntó Atis y buscó los ojos de Maanen — ¿Pudiste entrar al mar?
—Claro que entré. Tu pez me trajo de aquí para allá sumergida en él.
—Vaya, no pensé que la pasaras tan mal. A las jovencitas de tu edad les encanta ir a la playa.
—Pues a mí no— dijo al esconder el rostro —Solo es más arena y agua salada, además las playas artificiales de la ciudad se contaminaron con esa cosa roja.
— ¿Te refieres a la marea?
—Sí, eso dije. Pensé que sería divertido— dijo con semblante apagado.
—Bueno, lo importante es que lograste conseguir esta especie— dijo Atis y le sacudió el cabello.
Aegis frunció las cejas al notar el peinado desarreglado de Maanen, dejó de trabajar en la tableta y se acercó a ella —Estamos muy orgullosos de ti— le peinó el fleco con sus manos y al final acomodó un mechón detrás de la oreja —Tenemos información de una especie— dijo al inspeccionar el cabello.
— ¿Otro Viraje? Pero si apenas han pasado un par de días desde que regresé— dijo quejándose—No quiero salir de nuevo— giró el asiento y les dio la espalda, por el momento los adultos solo vieron su cabeza por el respaldo.
—Es cerca de aquí, podrás regresar pronto— dijo Aegis.
— ¿Puedo ir mañana? Luego de descansar tendré energías para continuar.
—Tienes que ir y lo sabes bien— dijo Aegis con severidad y se asomó al otro lado del respaldo —Los habitantes están asustados y dos personas han desaparecido.
Maanen volvió a mostrarles el rostro—Como sea, pero cuando vuelva dormiré todo lo que se me antoje— de un salto se paró de la silla y caminó hacia la puerta— Y no quiero que me molesten ¿Entendieron?— y salió del laboratorio.
— ¡Oye!— reaccionó Aegis en cuanto Maanen cruzó la puerta — ¿Y esos modales?— volteó desconcertada con Atis y señaló el camino que había seguido la jovencita.
—Vamos, no esperabas que fuera una niña juguetona por siempre ¿O sí?— Atis reanudó sus ocupaciones en la computadora —No es sorpresa que luego de quince años de tranquilidad se avecine el huracán “Maanen”— dijo con una sonrisa.
Aegis hizo un aspaviento y paseó la mirada al otro lado de la sala—Sigue así y conseguirás ahogarte— se retiró de la habitación.
En el vestidor Maanen abrió el casillero y cambió sus ropas por el traje diseñado para el clima exterior. Aegis le ayudó a terminar de ajustar el cierre y aseguró los broches de sus botas, en seguida destapó un recipiente de crema, la untó en las morenas mejillas de Maanen y la esparció en su rostro. Maanen terminó de ponerse los guantes, cargó la mochila en la espalda, tomó el casco del casillero y caminó al final del pasillo donde estaba un elevador. Las puertas se abrieron y esperó a Aegis que empujaba el carro de provisiones.
Descendieron al hangar donde varios tipos de transportes estaban estacionados, Aegis abrió la puerta de uno de los vehículos y metió los suministros en la cajuela. En el tablero se proyectaron los monitores en el momento que abordó Maanen, apareció el mapa de navegación, indicadores meteorológicos del planeta, sensores que analizaban el terreno y otras referencias para la exploración.
—Cuando localices a la especie comunícate de inmediato, no la enfrentes sin nuestra ayuda— Aegis abrochó los cinturones en Maanen y la abrazó —Ten cuidado.
—Lo sé, no necesitas decirlo— dijo poniéndose el casco y sujetó los controles del piloto.
—Te estaremos esperando— Aegis cerró la puerta del vehículo e hizo una señal a los operadores en la sala de control.
La gruesa puerta de acero rechinó con la fricción de los metales, una fina línea incandescente traspasó la abertura y la calurosa ráfaga de arena invadió el hangar. Los motores se encendieron con un fuerte zumbido, el vehículo se agitó en el momento que la máquina aceleró por la pista y partió al desierto lejos de la Biósfera Cibeles.
Este es el mundo. Un recuerdo agonizante de los antepasados para las nuevas generaciones. Ahora una limitada población humana sobrevive en ciudades aisladas con la tecnología para crear atmósferas artificiales, refugiados de un planeta determinado a extinguirlos de la superficie. El hombre consumió y destruyó la vida, cortó el último lazo como parte de la naturaleza, y transformó su existencia en una insoportable lucha por la supervivencia.