EXPLORACIÓN DE UN PLANETA SOLITARIO

 

A la orilla del lago una joven pestañea arrullada con el rumor del oleaje, descansa debajo de un árbol rodeada de tulipanes y recostada en su largo cabello negro escucha las hojas sonajear con el viento, respira el fresco aroma del bosque mientras siente el juego de sombras en el rostro y suspira al cerrar los ojos.
Su cuerpo flota en la oscuridad y sin desearlo empieza a descender hasta apoyar los pies en el suelo. No puede ver más allá de sus pasos y nada que la guie. Un radiante punto aparece desde la profundidad del espacio y deja una estela turquesa al avanzar. La luz se detiene frente a sus ojos y aletea unos momentos junto a ella, la joven le ofrece la mano y el brillo revolotea cuando aterriza en la punta de sus dedos.
—Maanen ¿Puedes venir? —dijo una mujer en un tono suave —¿Maanen?
La joven despierta con un bostezo y estira los brazos, y modorra frota sus párpados rasgados. El vago recuerdo del sueño regresa y contempla la mano donde aquella luz se había detenido.
—Responde, sé que estás ahí. —la voz proviene de una bocina.
—Ya te oí. —respinga Maanen examinado sus dedos a la altura del rostro y a través de ellos reconoce la estructura de cristal que separa el cielo de la tierra.
—Bien, estamos en el laboratorio.
Maanen se levanta perezosa de la hierba, vuelve a estirarse de pies a cabeza y somnolienta camina en el bosque bajo la protección del domo. Las aves vuelan en el techo de vidrios hexagonales al oír sus pasos, una ardilla en el sendero come su nuez sentada en la carcasa de una lámpara, y una pareja de zorros asoman las orejas desde su madriguera prefabricada.
Maanen vive en un complejo de edificios construidos en la cavidad de un cañón geográfico, rodeado por una muralla de barrancos que lo protegen de las tormentas del desierto y proveen el espacio necesario para mantener el balance de la biósfera. Durante años una organización ha dedicado sus investigaciones a la restauración del planeta, CIBELES es uno de los pocos lugares con la tecnología para generar ecosistemas naturales. La serie de bóvedas de cristal que conforman la biósfera se extienden por el corredor del cañón y solo un pequeño número de operadores son los responsables de su funcionamiento.

Aegis, una mujer de apariencia serena, continúa sus labores en el laboratorio después de hablar con Maanen y lee la información en su tableta. El reporte describe el posible avistamiento de una especie y como la responsable de las exploraciones estudia la posición en el mapa. Dirige sus gruesas pestañas al escritorio atraída por una risa espontánea, se trata de Atis, uno de los directores a cargo de la biósfera, que está sentado frente los monitores del ordenador.

Hace unos días Atis obtuvo una nueva especie en la última exploración y pasó varias horas sin despegarse de la máquina. Desde entonces analiza las células del espécimen en el microscopio y estudia los archivos de animales extintos. La mayoría de la información es incompleta y requiere navegar en los datos de seres desconocidos. Los archivos pueden contener cualquier cosa desde fotografías, páginas de libros, objetos de excavaciones o solo unos escasos renglones. A pesar de sus conocimientos en Naturaleza Antigua, las ciencias biológicas son algo parecido a la arqueología, donde solo el estudio de los restos materiales y textos son la forma de revelar el pasado del planeta.
Sus lentes reflejan los documentos que investiga en los monitores, detiene su búsqueda en un archivo y no muy seguro lo compara con los anteriores. Entonces con una breve y relajada risa se llena de alivio y arrebata la atención de Aegis.
Aegis se acerca al escritorio —¿Lo encontraste?—preguntó con la tableta abrazada.
Atis apoya la nuca en sus manos y se reclina en el respaldo del asiento, da la vuelta y debajo del flequillo de su colega descubre unos ojos reflexivos.
Maanen tararea saltando sobre sus pasos cuando entra al laboratorio y queda congelada en su andar al encontrarse con ellos.
Atis reacciona y voltea a los monitores
—Maanen, acércate a ver esto.
—¿Qué fue eso?
Los dos adultos intercambian miradas por un instante.
Aegis vuelve con Maanen —¿De qué hablas? —y con la tranquilidad que la distingue va por una silla y la arrima cerca de Atis, espera a que Maanen tome asiento.
—¡Eso! ¿Por qué se miraban con esas caras?— Maanen imita los gestos que descubrió en ellos —Como bobos en el espejo.
Aegis mantiene la calma ante la jeta burlona de la joven —Atis logró identificar la especie que encontraste en la ciudad del norte.
—Cierto, así que deja de jugar y ven aquí.—Atis da unas palmadas en la almohadilla del asiento.
Maanen encoge los párpados, avanza con la mirada fija en los dos adultos y toma asiento como si estuviera a punto de pillarlos, entonces observa las muestras en las pantallas. Atis contempla el vivo color verde de sus iris difuminados por un azul profundo, le recuerdan la imagen de una isla en medio del mar, una fotografía que alguna vez vio en los viejos archivos del planeta extinto.
—¿Qué es?
—Son las células de un pez. —respondió Atis.
Maanen voltea y le clava la mirada —Ya sé lo que son —rezongó meneando la cabeza y acentúa—¿Pero qué especie es?
—Es un Exocoetide —señala las pantallas de la computadora —Mira sus aletas, son más largas que la de otros peces.
Maanen examina la imagen—¡Oh! Parecen alas. —dijo sorprendida.
—¿Alas? —suelta una breve carcajada —No lo creo.
—Sí, para volar como las aves —un brillo nace en sus ojos verdiazules —¿Podré verlo pronto?
—Tendrás que esperar. Esta especie necesita mucho espacio para sobrevivir y ninguno de los estanques es apropiado —Atis se inclina hacia ella —además tenemos que purificar toneladas de agua. —aclaró meneando la cabeza.
Mannen hizo una mueca y volvió a los monitores.
Aegis apunta en la agenda —Enviaré la solicitud para criarlos en la biósfera del océano.
—Pero eso puede tardar meses —Maanen se recuesta en el escritorio sobre sus brazos—Nunca los puedo ver cuando yo quiero.
—Hablando del océano —Atis busca los ojos de Maanen —¿Disfrutaste las playas del golfo? ¿Entraste al mar?
—Claro que entré —y acentúa con desagrado —Tu pez me trajo de aquí para allá sumergida.
—Vaya, no pensé que la pasaras tan mal —carcajeó —A las jovencitas de tu edad les encanta ir a la playa.
—Pues a mí no —esconde el rostro —Solo es más arena y agua salada, además las playas tenían esa cosa roja.
— ¿Te refieres a la marea?
—Sí, eso dije.
—Bueno —Atis apoya la mano en la cabeza de la joven y la admira —lo importante es que lograste conseguir está especie —y le sacude su cabello.
—¡Oye! —sonríe.
Aegis frunce las cejas al notar el aspecto desarreglado de Maanen, deja la tableta y se acuclilla frente a ella —Estamos muy orgullosos de ti— con las manos peina el fleco y le acomoda un mechón detrás de la oreja —Tenemos información de una especie. —examina el cabello.
—¿Otro Viraje? —hace un aspaviento —Pero si apenas han pasado un par de días desde que regresé —gira el asiento y les da la espalda, por el momento los adultos solo ven su cabeza sobre el respaldo—No quiero salir de nuevo.
—Es cerca de aquí, podrás regresar pronto.—Aegis se asoma por el respaldo.
—¿Puedo ir mañana? Luego de descansar tendré energías para continuar.
—Debes ir —Aegis tiene ese aire severo —Los habitantes están asustados y dos personas han desaparecido.
Maanen vuelve a mostrar el rostro —Como sea, pero cuando vuelva dormiré todo lo que se me antoje —de un salto sale de la silla y camina a la puerta —Y no quiero que me molesten ¿Entendieron? —y se marcha del laboratorio.
—¡Oye!—reaccionó desconcertada con Atis y señala el camino que siguió la jovencita—Esos modales
—Vamos, no esperabas que fuera una niña juguetona por siempre ¿O sí? —Atis reanuda sus ocupaciones en la computadora —No es sorpresa que luego de quince años de tranquilidad se avecine el huracán “Maanen”.
Aegis reprocha con la mirada y se retira—Sigue así y conseguirás ahogarte. —murmuró entre dientes.
En el vestidor Maanen abre el casillero y cambia sus ropas por el traje diseñado para el clima exterior. Aegis le ayuda a terminar de ajustar el cierre, asegura los broches de sus botas y en seguida destapa un recipiente de crema, la unta en las morenas mejillas de Maanen y la esparce en su rostro. Maanen termina de ponerse los guantes, carga la mochila en la espalda y toma el casco del casillero, y camina al final del pasillo donde está el elevador. Las puertas se abren y espera a Aegis que empuja el carro de provisiones.
Descienden al hangar donde hay varios transportes estacionados, Aegis abre la cajuela de uno de los vehículos y mete los suministros. En el tablero se proyectan los monitores en el momento que Maanen aborda, aparece el mapa de navegación con indicadores meteorológicos del planeta, sensores que analizan el terreno y referencias de exploración.
—Cuando localices a la especie comunícate de inmediato, no la enfrentes sin nuestra ayuda —Aegis abrocha los cinturones en Maanen y la abraza —Ten cuidado.
—Lo sé, no necesitas decirlo. —se pone el casco y sujeta los controles del piloto.
—Te estaremos esperando. —cierra la puerta del vehículo y da la señal a los operadores en la sala de control.
La gruesa puerta de acero rechina con la fricción de los metales, una fina línea incandescente traspasa la abertura y la calurosa ráfaga de arena invade el hangar. Los motores se encienden con un fuerte zumbido, el vehículo se agita en el momento que la máquina acelera por la pista y parte al desierto lejos de la Biósfera Cibeles.

Este es el mundo. Un recuerdo agonizante de los antepasados para las nuevas generaciones. Ahora una limitada población humana sobrevive en ciudades aisladas con la tecnología para crear atmósferas artificiales, refugiados de un planeta determinado a extinguirlos de la superficie. El hombre consumió y destruyó la vida, cortó el último lazo como parte de la naturaleza, y transformó su existencia en una insoportable lucha por la supervivencia.