Capítulo 3

LA FLOR DEL DESIERTO

 

Un largo rastro de polvo se levanta con el paso del vehículo y los neumáticos marcan la agrietada tierra. Maanen conducía en las ruinas de una antigua ciudad cercana a Cibeles, los edificios inclinados se resistían a derrumbarse y trozos carcomidos de concreto emergían del suelo. A lo lejos una estructura oxidada se confundía por una montaña, aún conservaba sus largos cañones que desde el cielo llegaron a disparar. El fuselaje revelaba los profundos agujeros de los proyectiles que la derribaron y pedazos de hierro retorcido quedaron dispersos al momento de estrellarse. Horas después cruzó entre dos torres sepultadas que conservaban sus cruces en las puntas, continuó por los cimientos del muelle en un lago seco y entró a las arenas de la playa.
Maanen miró por la ventana — ¿Pueden ver eso?— dijo cuándo la computadora detectó un fenómeno meteorológico.
—Lo vemos— respondió Atis por la radio —Si pierdes visibilidad, sigue tu curso con el GPS del navegador.
Una tormenta de arena empezó a elevarse en el lago, pretendía alcanzar las nubes y avanzaba directo hacia ella.
— ¿El vehículo podrá soportarla?
—No es intensa, aún tienes tiempo para salir sin problemas— dijo Aegis —Cuídate de los escombros.
—Tranquila podrás con ella— dijo Atis.
Las tormentas de arena no son un riesgo para las grandes ciudades fortificadas o biósferas como Cibeles, sin embargo las pequeñas poblaciones podían ser arrasadas por completo y una persona no sobreviviría aunque tuviera refugio. El vehículo estaba fabricado para soportar tormentas de baja magnitud pero podían convertirse en grandes destructoras y arrastrarlo con facilidad.
Pronto fue alcanzada por la columna de arena y perdió de vista el camino. Una de las pantallas mostraba el mapa tridimensional por el cual conseguía ver el terreno y los escombros que arrastraba la tormenta. Maanen maniobró el volante y sorteó los obstáculos que en ocasiones alcanzaban a rosar el armazón del vehículo.
— ¡Cuidado!—gritó Aegis al sonar la alarma.
La computadora detectó un objeto apunto de impactar, Maanen torció los controles y giró con rapidez, tan sólo libró el cuerpo de una chimenea industrial cuando uno de los bordes golpeó el techo. El vehículo solo se sacudió y la chimenea se alejó sin rumbo.
Al mediodía el vehículo estaba estacionado en el borde de un risco, Maanen soltó las manos del volante y se relajó en el respaldo.
—Lo logré— dijo al quitarse el casco y recargó la cabeza —Pude salir de la tormenta— hubo un silencio en la radio, revisó el comunicador en su oreja y los controles en el tablero — ¿Me escuchan? ¿Atis, Aegis, están ahí?
Maanen bajó del vehículo y de inmediato se puso las gafas protectoras, cubrió su cuerpo con una túnica y la cabeza con la capucha, solo su rostro protegido por la crema bloqueadora quedó expuesto. Se asomó al techo y descubrió que el impacto con la chimenea arruinó la antena de comunicación.
— ¡Rayos! No pienso volver y esperar a que lo reparen— revisó el mapa en la tableta—No estoy muy lejos del lugar… Ya me las arreglare— caminó al borde del risco donde bebió de su cantimplora y con los binoculares observó el paisaje.
Frente a ella un terreno de rocas y cavernas se extendían a lo largo del desierto, y la nítida bruma del planeta cubría la cortina de montañas. En el cielo la luna superaba su tamaño habitual y una construcción se hallaba en la superficie entre oculta en las sombras de su cuarto menguante.
—Pues aquí no parece haber un pueblo— verificó la ubicación que le indicaba estar en el lugar correcto —Espero que ese golpe no halla dañado el GPS.
Escuchó una voz en el viento que provenía de una silueta en el desierto, con los binoculares vio a una persona que le hacía señales con los brazos y por la manera de tambalearse al caminar supo que necesitaba auxilio.
Maanen se encontró con una mujer que vestía una túnica y lentes protectores, había estado demasiado tiempo expuesta en la resolana y la piel de su rostro comenzaba a descarapelarse.
—Ayuda, mi hijo a caído y está herido— dijo angustiada.
Siguió a la mujer a una de las cavernas donde un niño estaba tirado en el fondo. Maanen se puso un arnés que sacó de la mochila, aseguró la soga en una roca y bajó por la pared de piedra.
— ¿Te encuentras bien?— preguntó Maanen al llegar con él y descubrió que también tenía quemaduras en el rostro.
—Tengo sed— respondió doliéndose del pie.
Maanen le ayudó a levantar la cabeza y le dio de beber. El niño notó el delicioso sabor del agua y sorbió grandes tragos.
—Bebe despacio o te hará daño.
—Es la primera vez que pruebo agua tan pura— dijo al recuperar el aliento— No tiene esa suciedad que dejan las purificadoras.
Maanen sonrió y examinó el pie—Vaya, pero que caída tuviste, por suerte no es tan grave ¿Cómo lograste llegar aquí?
—Vi una luz salir de la tierra y me acerqué a ella.
— ¿Una luz?— se detuvo y dejó de vendar el pie.
—Era muy hermosa, parecido a una flama.
— ¿Era un brillo azafrán?— preguntó tan pronto cayó en cuenta de lo que oyó.
— ¿Cómo lo sabes? ¿Las has visto?—
—Dime que fue lo que sucedió— asintió con la mirada fija.
—Al principio era un brillo azafrán pero al tocarla…
—Espera ¿La tocaste?— Maanen reaccionó inquieta.
—Sí, se volvió color turquesa y se transformó en una flor, cuando la quise desenterrar el suelo se hundió— el niño metió su mano en la manga de su túnica y al sacarla sostuvo una flor de pétalos rojos y coronas amarillas.
Maanen supo que él había presenciado el renacimiento de una especie desaparecida— ¿Pero cómo pudo tocarla?—pensó Maanen al ver sus propias manos y compararlas con las del niño.
— ¿Cuál es tu nombre?— continuó con las curaciones y abrió un envase de crema.
—Vega— respondió quejándose al sentir el medicamento en su rostro— ¿Y tú cómo te llamas?
Un chillido surgió de las profundidades de la cueva, el suelo empezó a vibrar con pisoteos y Maanen sospechó lo que se avecinaba, aseguró a Vega en el arnés y lo subió hasta que su madre pudo sujetarlo. Un insecto gigante apareció de la oscuridad, Vega y su madre vieron a Maanen quedarse inmóvil mientras el insecto se apresuraba contra ella, creyeron que el miedo la había inmovilizado y solo era cuestión de un instante para que fuera tragada por sus mandíbulas. El insecto se detuvo justo antes de arremeter contra ella, su cuerpo invertebrado se iluminó en la grieta y la olfateó con sus antenas. Maanen cerró los ojos, respiró con tranquilidad y de la misma forma se quitó el guante de la mano izquierda. El insecto descubrió la planta en los brazos de Vega y con un chillido se arrojó contra él, Maanen se hizo a un lado y dejó que el insecto trepara la pared de piedra, rápido tocó su coraza con la palma y un delicado halo emanó de los dedos, al instante el insecto cayó paralizado a sus pies, se levantó aturdido y con pasos torpes regresó por donde vino. Maanen subió por la soga y al salir de la cueva sacudió la suciedad de sus ropas.
— ¿Cómo hiciste eso?— dijo Vega mientras Maanen se ponía la túnica.
—Ah… Solo le pegué con una roca directo en el nervio— dijo con gracia al simular el golpe —Eso la dejará atontada un tiempo sin que atraiga a las demás.
—Tu eres la Physiologa ¿No es así?— dijo la Madre —No pensé que fueras tan joven pero por lo que vi, estoy segura que lo eres.
—Sí, mi nombre es…— los ojeó con sospecha — ¿Cómo lo sabe?—
—Somos del pueblo que pidió tu ayuda— dijo la Madre —Nos ofrecimos a guiarte.
— ¿Qué pueblo? No lo veo por ningún lado.
—Está oculto en el valle de aquella sierra— señaló en el horizonte —No es sencillo llegar ahí por eso dimos este lugar como punto de encuentro.
— ¡Pero como se les ocurrió venir hasta aquí sin transporte!— dijo luego de ver el largo camino hacia aquella dirección.
—Vega quería conocerte e insistió en que viniéramos—tomo a su hijo de los hombros— ¿No es así?
Vega afirmo con un ligero cabeceó y la mirada perdida en sus botas.
—Sólo tenemos un vehículo para toda la comunidad y el conductor tuvo que volver— agregó la Madre— dijo que volvería pronto por nosotros pero creo que ya no será necesario.
Maanen seguía con la mirada puesta en las montañas cuando Vega titubeó sonrojado para preguntarle otra vez su nombre.
Ella dio un giro que pareció haber ensayado—Soy Maanen, Exploradora del desierto y Physiologa de especies— les hizo una educada reverencia y los dos listones de su cabello se columpiaron de la capucha.